Romanos

Publicado en por iglesias de Dios pentecostal jemi

Romanos 3

1. (3,1-8) Objeciones de los judíos

Primera objeción: La enseñanza de Pablo mina los privilegios concedidos a los judíos

Tenemos que recordar que el apóstol Pablo está orgulloso del evangelio, porque es poder de Dios para salvación. Necesi­tamos el evangelio, "porque la ira de Dios se revela desde el cielo" (1,16 y 18). En el capítulo 2, Pablo dijo que también los judíos necesitan el evangelio. En este cap. él refuta las objeciones que son presentadas en contra de sus palabras. Cuando todos sin excepción, gentiles y judíos, están bajo la ira de Dios, ¿cuáles son entonces los privilegios de los judíos? Si la circuncisión no es una protección, entonces ¿cuál es su valor y cuál es el privilegio de los judíos? "Primero...", dice Pablo. Esper­aríamos que Pablo se refi­riera a varios, sin embargo él hace alusión a tan sólo uno; pero este privilegio es tan grande que no es necesa­rio referirse a otros. ¿En qué consiste este privilegio? Que  les ha sido confiada la Palabra del Dios. No obstante, Pablo hace ver que la circuncisión (el sello del pacto) más que una protección es una gran responsabilidad. La palabra de Dios contiene sus promesas, sus mandamientos, la declaración de la  elección del pueblo de Israel y de su amor. Pero también, lo que es de mayor trascendencia: las Sagradas Escrituras son la voz viva de Dios, el medio por el cual se dirigió a los judíos. Pero, ¿qué han hecho con ella?

Segunda objeción: ¿la fidelidad de Dios no es cancelada?

"¿Pues qué, si algunos de ellos han sido incrédulos? Su incre­dulidad (griego: apistia) habrá hecho nula la fidelidad (griego: pistis, nótese el juego de palabras) de Dios?". Si entendemos esta pregunta de parte de los judíos para contradecir a Pablo, podemos interpretarla así: si Dios ya ha cumplido su promesa acerca del Mesías al haber enviado a Jesús y nosotros, judíos, no le creemos, ¿no significa que esta incredulidad ha anulado la fidelidad de Dios al no darnos fe en Jesús, el supuesto Mesías? Entonces, ¿no es mejor creer que el Mesías todavía no ha llegado? La respuesta de Pablo es: "De ninguna manera; antes bien sea Dios veraz, y todo hombre mentiroso". Con dos citas de la Escritura (Salmo 116,11 y 51,4) muestra que siempre ha sido así: todo hombre (también el israelita) es mentiroso, pero Dios sigue siendo justo y fiel a su Palabra, aunque las apariencias estén en contra de Él. De modo que no porque alguno no tenga fe en Cristo la fidelidad de Dios deba ser anulada. Su palabra sigue permaneciendo eficaz; Él mantiene sus promesas a los creyentes, y sus amenazas a los incrédulos.

Tercera objeción: ¿Dios no actúa con injusticia al castigarnos?

La justicia de Dios es resaltada también cuando Él juzga al mundo. ¿Tenemos que decir por ésto, que Dios es injusto cuando castiga? De ninguna manera, porque eso significaría que Dios no podría juzgar al mundo. Este argumento dice lo siguiente: si Dios también recibe gloria cuando juzga a una persona (porque su justicia es exaltada de esa manera), luego ¿es justo que Él castigue? ¿Da castigo para resaltar su justicia? ¿Es esto honrado?

  Este es un argumento muy ingenioso para ridiculizar a Dios y su juicio. Pablo no va a explicar su refutación, solamente dice que por medio de este argumento Dios no podría juzgar al mundo, pero es cierto que puede hacerlo.

Cuarta objeción: La enseñanza de Pablo contribuye en forma falsa a la gloria de Dios

Si nuestra injusticia hace resaltar la justicia de Dios y Él recibe gloria por medio de nuestros pecados, entonces surge la pregunta: ¿no sería mejor vivir en los pecados? Esto es precisamente lo que la gente atribuye a Pablo como si él dijera: "Hagamos males para que nos vengan bienes". Pero eso sería una ofensa contra Dios. Él tiene el derecho de recibir gloria de parte nuestra y no una vida inmersa en el pecado.

* Dios es justo cuando castiga el pecado. Los privilegios no nos protegen del castigo, sino que aumentan nuestra responsabilidad.

2. (3,9-20) Todos, judíos y gentiles, están bajo la ira de Dios

En resumen, Pablo afirma enfáticamente que tanto los judíos como los gentiles están bajo la ira de Dios. Los privilegios de los judíos no los hacen mejores, puesto que todos necesitan el evangelio de la gracia de Dios. Pablo aclara esto por medio de unos versículos del Antiguo Testamento. A través de estas citas muestra que el carácter del pecado, es:

a.   Impiedad. Nadie busca a Dios (11); no hay temor de Dios (18). La gloria de Dios no es el centro de nuestras vidas.

b.   Perversidad. Según los versículos 13-17 la gente peca con la garganta, la lengua, los labios y la boca. Hablan toda clase de corrupción, engaño, veneno y maldiciones amargas. Su caminar sólo se aventura a la violencia y no a la paz.

Todo el mundo es acusado. Estos versículos no hablan solamente de los gentiles, sino también de los judíos. "Pero sabe­mos que todo lo que la ley dice, lo dice a los que están bajo la ley, para que toda boca se cierre y todo el mundo quede bajo el juicio de Dios". Los judíos no son una excepción. La ley (en el v.19 se refiere a todo el AT) se dirige en primera instancia a ellos; por tanto la sentencia del v. 19 está dirigida a ellos. Así se ve claramente que ningún ser humano será justificado delante de Dios.

  ¿Cuál es ahora el significado de la ley? Tiene otro sentido. De ninguna manera nos dice que en guardarla seremos salvos. La ley nos revela nuestros pecados. Sobre todo la gente que quiere someterse a la autoridad de la ley, conocerá la grandeza de sus pecados; y verá cómo ella (la ley) quebranta la soberbia humana. De esta manera la ley abre el camino para la acción del evangelio, que no exige, sino que da, no condena, sino que absuelve.

¿Vemos en la Ley de Dios reglas para cumplir o el espejo que nos dice quienes somos?

3. (3,21-31) a. 21-24: "Pero ahora"

Pablo ha argumentado que todos están bajo el poder y la condenación del pecado. Por eso dice: "Hemos acusado a judíos y a gentiles", ya que ambos viven en los pecados; los judíos no pueden decir que por tener la ley no recibirán el castigo de sus pecados, "porque no son los oidores de la ley los justos ante Dios, sino los hacedores de la ley serán justificados (2,13). Y por las obras de la ley ningún ser humano será justificado delante Dios, porque por medio de la ley es el conocimiento del pecado (3,20)". Entonces: El evangelio es el único camino hacia la salva­ción; sin él no hay esperanza, solamente deses­peración.

  "Pero ahora". Estas palabras, son palabras llenas de gracia; abren la puerta hacia la salvación. Mejor dicho: Dios abre, por medio de ellas, la puerta hacia la salvación. (Compare Efesios 2,3 y 4: éramos ... hijos de ira... pero Dios, que es rico en misericordia...). Gracias a Dios hay un camino hacia la salvación; es por eso que "Aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios". Es decir: Dios sigue siendo justo, a pesar de que nosotros no cumplamos la ley, ya que Él ha provisto el medio para hacerlo. La salvación de pura gracia no es un c­a­m­ino en contra de la ley, como dice más adelante (31). La ley y los profe­tas testifican de este camino. Es una salvación muy especial: ¡por Cristo Jesús! Él es la solución de Dios para nuestros peca­dos, porque Él los cargó en la cruz del Calvario.

  Esta gloriosa verdad se extiende a gentiles y judíos; a todos los creyentes, sin excepción. "Porque no hay diferencia, por cuanto todos pecaron, y están destituídos de la gloria de Dios (3,23)". No hay nadie que refleje en su conducta la gloria de Dios. Sin embargo, hay una salvación que es gratuita, no tenemos que pretender pagarla con nuestras obras pues de esa manera insultamos la gracia de Dios. Éramos esclavos de los pecados y del diablo, pero ahora somos libres mediante la redención que es en Cristo Jesús. El nos compró con su sangre preciosa la cual derramó en la cruz del Calvario.

b. 24-26: La obra de Jesús

"A quien Dios puso como propiciación"(25). Esa es la gran obra de Jesús, no solamente mostró el amor de Dios, sino que además fue casti­gado por nuestros pecados. De esta manera nos ha reconciliado con su Padre. Pero no olvidemos que el Padre nos ha dado a su Hijo. Es decir: el Padre exige el sacrificio y al mismo tiempo nos da el sacrificio. Eso es suficiente. La aplicación de la obra de Cristo a nuestras vidas sólo se alcanza por fe, mediante la cual decimos que no podemos ser justificados de otra manera que por su sangre preciosa.

  ¡La fe cristiana está fundada en hechos! "Dios puso a Jesús como propiciación". Es decir, Él presentó a Jesús al mundo. Los hechos de Jesús no ocurrieron en un lugar oculto. Dios mostró su justi­cia castigando a Jesús y salvando a aquellos que creen en su obra expiatoria. A causa de esta obra, Dios ha pasado por alto, en su paciencia, los pecados pasados, sabien­do que su Hijo moriría. De esta manera Dios es justo y es el que justifica al que es de la fe de Jesús.

c. 27-31: La jactancia queda excluída

El camino de nuestra salvación pertenece únicamente a la obra de Dios y de su Hijo Jesús. Por tanto nuestras obras están excluídas completamente. Todo el mundo está bajo la ira de Dios, lo que nos deja sin base alguna para jactarnos. Si somos algo ante nuestros propios ojos, es porque no conocemos el peso de nuestros pecados. Jesús no vino a este mundo sin razón alguna: Él cargó con nuestros pecados y sufrió el castigo divino por ellos, tomando nuestro lugar. El único motivo de jactancia es en Dios y en Jesús.

  ¿Este camino no está en contra de la ley? No, de esta manera confirma la ley, en vista de que la ley pide obediencia total, la cual Cristo cumplió; la ley pide castigo de los pecadores, el que Cristo recibió. Y nosotros no queremos abandonar la ley, sino vivir conforme a la ley; sin embargo, no por medio de nuestra fuerza sino por medio del Espíritu Santo.

* Jesús hizo lo que nosotros nunca hubiésemos podido hacer: llevar nuestra culpa. Eso es el `cambio alegre'. ¿Experimentamos su alegría?

Síntesis aplicativa de temas importantes

1a y 3. Mientras más privilegios poseamos, mayor se hace nuestra responsabilidad. Los hombres no pueden descansar sobre los privilegios eclesiásticos, como si ellos fuesen garantía de salvación. Los creyentes no se salvarán por tener una Biblia, sino por confiar y obedecer al Dios de la Biblia, quien en su Palabra nos muestra la bancarrota total del hombre ante Él.

1b. Mucha gente va a discutir con Dios y contra Dios. Pablo nos enseña que no podemos discutir con Dios, pensando triunfar sobre Él. Es mucho mejor inclinarnos ante el Señor con humildad, que enfrentarlo a un duelo en el que de seguro seremos derrotados.

1c. La fidelidad de Dios no es afectada por la mala conducta de algunos que dicen ser creyentes. Es una realidad que muchos de los llamados cristianos no viven conforme a la Palabra de Dios, al contrario, son motivo de gran escándalo. ¿Pero este hecho pone en tela de juicio la veracidad de Dios? De ninguna manera, ya que la Palabra de Dios no depende de la conducta de los creyentes para ser veraz: ella es verdadera porque es la Palabra de Dios. Pero que nadie se equivoque: a su debido tiempo el incrédulo que vive dentro de la iglesia será juzgado por Dios, y el creyente verdadero recibirá recompensa de vida eterna.

2. La ley de Dios revela al mundo, sin excepción, su miserable condición. Nunca podemos llegar a la salvación por medio de ella. Desde luego, podemos decir más de la ley: ella es también la norma por la cual Dios nos enseña cómo vivir una vida de agradecimiento por su misericordia. Sin embargo, su primera función es demostrarnos que todos somos pecadores, y por ende sometidos a la ira de Dios sobre nuestra vida. A través de la ley Dios quiere lograr que nos humillemos ante Él para que busquemos su gracia en Jesucristo.

3a. Las palabras "Pero ahora" nos brindan gran consolación. Si sufrimos tentaciones en la fe y el diablo nos dice: "Tú no eres hijo de Dios", podemos responderle que está escrito: "Pero ahora". Yo sé que soy pecador, pero, hay un camino al cual se accede por la fe dada por el mismo Dios, para rescatarme de mis pecados por los que merezco la condenación eterna". Ese camino se llama Jesucristo, quien por medio de su sacrificio expiatorio nos justifica delante del tribunal de Dios.

3b. Jesús es la respuesta del Padre a nuestra culpa. Él sigue siendo justo, ya que castigó nuestra culpa en Él. Es así que podemos ser libres y alegres. Ahora medite en la pregunta: ¿Por qué es difícil y fácil creer en la justificación?

3c. Lutero llamó a la justificación, `el cambio alegre', en donde Jesús cambia con nosotros de lugar. Él se carga con nuestra culpa mientras que nosotros recibimos su perfecta obediencia y el fruto de su sacrificio: el perfecto perdón de Dios. Este cambio alegre se aplica a judíos y gentiles juntos, para toda la gente que tiene fe en Jesús. ¿Nos llena verdaderamente esto de gozo y alegría?

Romanos 4

El evangelio no es una nueva doctrina.

1. (4,1-8) Abraham no fue justificado por las obras

En este capítulo, Pablo aclara que el evangelio que predica no es una doctrina nueva, como los judíos pensaban; él menciona dos nombres muy importantes para los judíos: Abraham, "el padre" del pueblo de Israel (nuestro padre según la carne, es decir, nuestro antepasado) y David, el gran rey de Israel. Pablo muestra que los dos no fueron justificados por medio de las obras, sino por la fe. Si Abraham hubiese sido justificado por las obras, tendría motivos para enorgullecerse, pero no para con Dios. Ante los ojos de los hombres Abraham podría ser famoso, tal como lo era para los judíos, pero no ante Dios, ya que nadie es perfecto ante su juicio divino. Abraham tenía fe, pero era aquella fe que recibía la gracia de Dios. De lo que recibimos no podemos jactarnos, porque es un regalo que no teníamos derecho de recibir. "Creyó Abraham a Dios, y le fue contado por justicia". Abraham siempre creía en lo increíble. Así también es la justificación por la fe, creer en lo increíble: la justificación del impío. Esta es una frase muy hermosa que expresa la grandeza del amor de Dios. Ante Él, todos somos en un sentido `impíos'. No obstante, en su infinita misericordia declara justo al impío.

  De esta salvación dijo David: "Bienaventurados aquellos cuyas iniquidades son perdonadas, o cuyos pecados son cubiertos. Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de pecado". En vez de abonar nuestras transgresiones y fallas en nuestra cuenta, Dios las perdona.

* La salvación es una maravilla: Dios declara justo al impío debido al sacrificio de Jesús.

2. (4,9-12) La circuncisión no fue la base para que Dios justificara a Abraham

Los rabinos decían que la bienaventuranza del Salmo 32 se aplicaba única y exclusivamente a los judíos. Pablo muestra, a través de la vida de Abraham, que ésto se aplica también a los gentiles, cuando creían en Jesús. ¿Cuándo dice la Escritura que la fe de Abraham fue contada por justicia?  "¿Estando en la circuncisión, o en la incircuncisión? En la incircuncisión", muchos años (29, dicen los rabinos) antes de su circuncisión. Por eso la palabra y la promesa de Dios se aplican también a los gentiles que no tienen la circuncisión.

  En este tiempo, quizás suene muy natural decir que el evangelio también es para nosotros, pero para los judíos no era evidente. El evangelio dice que nuestro Señor nos busca en nuestros pecados a todos. Por eso, Pablo no ahorra esfuerzo para explicar que el mismo padre de la fe, Abraham, entró en una relación de amistad mediante la justificación, antes de ser circuncidado. Para decirlo de otra manera: ya cuando era `pagano'. Su circuncisión no era la base de su justificación, sino el sello de la nueva relación con Dios. Entonces, Abraham recibió dos dones de parte de Dios: la justificación y la circuncisión (nótese, debe mantenerse este orden). Por esa razón, Pablo puede llamar a Abraham "el padre de todos los creyentes no circuncidados", haciendo referencia con esto a los creyentes del mundo gentil. Para ellos la circuncisión no es necesaria para su justificación. Es la fe, la que cuenta como instrumento para recibir el perdón de Dios. Por otro lado, Abraham es también padre de la circuncisión (=los judíos, o mejor dicho: los creyentes de los judíos), de aquellos que no sólo tienen el sello del pacto, sino que también andan en la misma fe que Abraham tuvo antes de ser circuncidado. Una vez más, Pablo destaca la importancia de la fe para que no descansemos en los `privilegios' sin una relación viva con Jesucristo. El ser o no ser circuncidado nunca debe romper la relación entre judíos y gentiles si tienen la misma fe.

* Los privilegios religiosos no nos salvan, sino sólo la fe en el perdón de Dios por medio de Cristo.

3. (4,13-17a) Abraham no fue justificado por medio de la ley

Si no hay salvación por las obras ni por la circuncisión, tampoco la hay por la ley. Nuevamente Pablo nos muestra esto, pero ahora a través de la vida de Abraham; un ejemplo tan importante para los judíos. La promesa para Abraham y su descendencia -Pablo probablemente tenga en mente otra vez el pasaje de Génesis 15 en donde se nos habla de la promesa de Dios acerca de la tierra prometida -llegó sin condición previa que él tenía que cumplir. En cuanto a la salvación, ahora hay dos `opciones':

a. Conseguir la vida eterna por (guardar) la ley. Sin embargo, en esta opción no se logra la finalidad de la vida eterna, puesto que nadie es capaz de cumplir la ley. Entonces, la consecuencia inmediata es: la anulación de la promesa (la posesión de la tierra de Canaán), no habría jamás podido entrar a la tierra de Canaán. Por tanto el camino de la ley no tiene salida. Pues, ¿qué hace la ley? Produce ira; muestra que nuestra vida tiene errores, o aún más grave: nos declara transgresores por haber quebrantado la obediencia a Dios. La ley pertenece a otra categoría, a la de obras (que no hay) y a la de la ira de Dios. No concuerda con la categoría de fe y salvación, no nos lleva ni un paso adelante. Si no hay ley, es decir: si Dios no llegó a Abraham con el modelo de salvación por medio de la ley, tampoco hay transgresión. Desde luego, Pablo no quiere decir con esto que no habían pecados en la vida de Abraham, sino que Dios no le impuso la ley para ser salvo, de modo que tampoco transgredió esta ley ni provocó la ira de Dios.

b. La segunda opción para obtener la salvación es la fe. Dios vino a Abraham trayendo la promesa, fe y salvación, lo opuesto de la ley, que trae  transgresión e ira. La importancia de esto es que Abraham llega a ser padre de todos, ya sea de aquellos que no han sido circuncidados ("la descendencia que es de la fe") y de los que sí han recibido este sello ("la que es de la ley", es decir, los que han recibido la ley de Dios: los judíos). Todos los creyentes son uno y descienden de Abraham y son herederos de la misma promesa.

* El verdadero pueblo de Dios es aquel que desciende del linaje espiritual de Abraham.

4. (4,17b-22) Abraham fue justificado por la fe

Ahora, Pablo describe el carácter de la fe. Ella tiene la fuerza de creer en lo imposible. Como Abraham: "El creyó en esperanza contra esperanza" (18). Contra todo lo que humanamente era irrealizable: "Y no se debilitó en la fe al considerar su cuerpo, que estaba  ya como muerto, o la esterilidad de la matriz de Sara. Tampoco dudó, por incredulidad, de la promesa de Dios, sino que se fortaleció en fe, dando gloria a Dios (19-20)". Así es el carácter de la fe, si todo está en nuestra contra, sin embargo, la fe dice: es posible, porque Dios es poderoso, "Él da vida a los muertos, y llama las cosas que no son, como si fuesen" (17b). La fe descansa en el poder de Dios y en su fidelidad. Este es el carácter de la fe: ¡Dejar que Dios sea Dios! Él bendijo esta fe de Abraham `abonando' en su cuenta justicia, la cual nunca hubiese obtenido por la ley.

* La fe toma su fuerza del poder de Dios y de su fidelidad

5. (4,23-25) La conclusión: la aplicación de la fe de Abraham a nuestras vidas

El foco de interés de Pablo no se dirige a Abraham, sino a la importancia de la fe de Abraham para la vida nuestra. Podemos ser salvos de la misma manera: por la fe en la promesa de Dios. En este sentido somos aún más privilegiados que Abraham; sabemos de la cruz y la resurrección de Jesús, las cuales tienen una importancia trascendental. Pablo dice de nuestro Señor Jesucristo: "El cual fue entregado por nuestras transgresiones"; no dice: "El que murió", sino: "El que fue entregado (por Dios) para morir por nuestros pecados (comp. Rom. 8,32) y "Resucitado para nuestra justificación". Sin su resurrección, su muerte no tendría significado. La resurrección significa el cumplimiento de su obra y por ende, nuestra justificación, si ponemos nuestra fe en Él.

* Las promesas de Dios no pierden su valor, en Jesucristo siguen siendo vigentes.

Síntesis aplicativa de temas importantes

1. El evangelio es verdaderamente `buenas nuevas': la justificación del impío. No importa cuán pecadores éramos. Por la fe, exclusivamente centrada en Jesucristo, cualquiera que sea nuestra situación al llegar al conocimiento de Dios, podemos obtener el perfecto perdón de Dios. Es esta una verdad gloriosa que debe ser proclamada a viva voz, ya que mucha gente piensa que para empezar a ir a una iglesia primero debe cambiar su estilo de vida, claro está, con sus propias fuerzas. Pero esto no es posible, ya que justamente tal como somos debemos presentarnos delante del Señor, el cual será amplio en perdonarnos.

2a. ¿Nos gozamos aún en que la salvación se aplica también a nosotros? Los judíos se jactaban cuando pretendían afirmar que las bienaventuranzas de perdón sólo se aplicaban a ellos como pueblo del pacto, pero olvidaban que Abraham fue justificado siendo aún un "pagano" sin la marca de la circunsición en la carne. Con esto Pablo declara que la bienaventuranza de salvación se aplica a todos aquellos que por la fe depositan su confianza en Dios, sean estos judíos o gentiles. Saber esto debe ser motivo de gran gozo para los creyentes, pero ¿cuántos de nosotros hemos perdido el gozo de saber que somos salvos e hijos de Dios?

2b. Al igual que la circunsición, el bautismo es la señal externa del pacto con Dios, pero no la garantía de salvación. Para los judíos la señal del pacto, la circunsición, había adquirido importancia salvífica: nadie se salvará si antes no se circuncidaba, decían ellos. Este era un gran error, ya que la salvación no viene producto de una señal externa, sino de la justificación de Dios. En el cristianismo el bautismo es una señal del pacto con Dios, pero sería una equivocación tratar de darle virtudes salvíficas. Ya sean niños o adultos los que sean bautizados, ambos, a su debido tiempo, deben conocer la verdad espiritual que hay detrás de este acto.

3. Nuestra `buena conducta' no nos lleva a la salvación, sino que produce la ira de Dios, pues nadie puede cumplir la ley de Dios. Los judíos pensaban que por medio de la observancia estricta de la ley les era posible alcanzar de Dios la promesa de vida eterna, pero con ello se alejaban cada vez más de esta dichosa verdad, ya que la ley nos revela nuestra condición pecaminosa y nuestra impotencia para cumplirla. Nadie puede agradar a Dios a través de la observancia de la ley o cumpliendo con normas éticas y morales; la vida eterna sólo se alcanza por medio de la fe en Jesús. Por la misma fe Dios transformará nuestras vidas para que seamos hacedores de su voluntad.

4. La fe es no mirar a las circunstancias, sino contar con las posibilidades de Dios. La fe de Abraham está fundada en el conocimiento que él tenía del poder de Dios y de su fidelidad a lo que Él había prometido. Para Abraham era ilógico que Dios no cumpliera sus promesas, y que ni tuviera el poder para hacerlo; es por esta razón que a pesar de las circunstancias adversas él siguió confiando en Dios contra todo lo humanamente irrealizable. Esta verdad también la podemos aplicar a la confianza en Dios relativa a nuestra vida diaria, sabiendo que Él puede proveer de una manera extraordinaria. Sin embargo, la podemos aplicar sobre todo a la salvación: pese a nuestra culpabilidad, la salvación es una certeza. ¡Dios abrió el camino hacia su reino!

5. A través de su muerte Jesús adquirió nuestro perdón, pero sólo por medio de su resurrección lo aplicó a nuestras vidas. El modo en el que Dios salva a los hombres no ha cambiado, en él siempre ha existido como base la fe en Dios. Así sucedió con Abraham y con nosotros, aunque nosotros somos más privilegiados pues conocemos a Jesús y su obra de salvación. La muerte de Jesús fue una entrega voluntaria para librarnos de la condenación, pero su resurreccíon fue la aprobación del Padre a la obra perfecta de Cristo a fin de que fuéramos justificados y aceptados como herederos del reino de los cielos. Debemos dar gracias a Dios, quien nos ha dado un Salvador vivo que a través de su Espíritu obra en nuestros corazones, de modo que por la fe nos apropiamos de su perdón.


 

Romanos 5

1. (5,1-11) Las consecuencias de la justificación

Es curioso ver que Pablo al final del capítulo 4 cambia de pronombre personal. En 1,16 es `yo', cuando dice: "yo no me avergüenzo del evangelio", en el cap. 2 es `tú', acusando al moralista y al judío; en el cap. 3 es `ellos', diciendo que todo el mundo está bajo la ira de Dios, pero al final del cap. 4 y en el cap. 5 dice `nosotros'. Todos aquellos que han puesto su fe en Jesucristo disfrutan de las mismas bendiciones. Habiendo explicado la necesidad de la justificación (1,18-3,20, el camino de la salvación 3,21-4,25), ahora Pablo habla de los frutos de la justificación.

a.   El primer fruto es paz para con Dios. Esta paz no se dirige al sentimiento o a la experiencia, si no que nos dice que ya no viviremos más bajo la ira de Dios; que ya no hay enemistad entre Él y nosotros. Jesús consiguió esta gloriosa bendición al llevar nuestras culpas a la cruz, por tanto Él es nuestra paz.

b.   Tenemos entrada por la fe a esta gracia. La palabra `entrada' significa literalmente audiencia, como la que se permite ante la presencia de un rey. "Entrada a esta gracia" quiere decir, que hemos recibido el privilegio de estar en esta posición de gracia. Podemos permanecer ante la presencia de Dios, puesto que no sólo podemos entrar, sino también estar firmes en esta gracia. No hay manera alguna en que podamos caer de la gracia de Dios. Nuestra posición adquirida por Cristo y recibida por la fe es segura.

c.   Nos gloriamos en la esperanza de la gloria de Dios. Es la gloria que perdimos a causa de nuestros pecados (véase Romanos 3,24). Nunca más pudimos verla, sin embargo, en Jesucristo, Dios ha restaurada esa esperanza para decirnos que un día podremos verla sin velo. En Jesucristo ya hemos visto algo de la gloria de Dios (Juan 1,14), pero el momento de la plena gloria de Dios vendrá con el retorno de Jesús (Marc. 13,26).

d.   Nos gloriamos también en las tribulaciones. Esto no significa sólo en medio de las tribulaciones, sino también: sobre o acerca de las tribulaciones. Es sorprendente, pero esto se entiende si nos acordamos que las tribulaciones nos dan más deseo de estar en la gloria de Dios para siempre y nos llevan a una vida de mayor comunión con Él. Por otra parte, las tribulaciones no se refieren a dificultades en general, sino al sufrimiento por la causa de Jesús (comp. Marc. 13,19; Juan 16,33 y Hechos 14,22). A su turno la tribulación produce, primero, paciencia (o perseverancia); no podemos aprender perseverancia sin las tribulaciones. Segundo, la tribulación produce prueba o un carácter maduro. Los sufrimientos hacen que seamos curtidos y que podamos pasar por la prueba. Tercero, esperanza; por las aflicciones dirigimos cada vez más nuestra mirada hacia arriba, hacia la venida del reino de Dios. Esta esperanza no avergüenza, no decepciona. La base de nuestra esperanza está garantizada por el firme amor de Dios, que ya hemos experimentado cuando Él nos dió el Espíritu Santo, el cual derramó este amor en nuestros corazones. Calvino dice: "Este convencimiento (del amor de Dios) no es igual a una pintura, con la que ellos (nuestros corazones) han sido cubiertos, sino que sus almas han sido impregnadas con esto (el amor de Dios)". Cuando llegamos a la fe, recibimos el Espíritu Santo y Él nos dio un derramamiento del amor de Dios de tal forma que hay plena certeza que Dios sigue amándonos. La experiencia, entonces, nos ayuda a estar firmes, pero no es la base de nuestra seguridad. Nuestra seguridad descansa en la misericordia de Dios hecha visible en la obra expiatoria de Jesús aun cuando éramos débiles, impíos, pecadores y aun hasta enemigos de Dios (vv.6,8 y 10). El amor de Dios brilla tanto por el don que nos ha dado (su propio Hijo), como por las condiciones miserables en las que nos encontrábamos. Jesús murió en favor (el griego tiene la palabra `hyper') de nosotros. Cabe la posibilidad en este mundo, que alguno ose morir por otro, siempre y cuando éste sea bueno; pero el amor de Dios es incomparable, ya que nosotros no estábamos en esta condición. Éramos débiles, desamparados, sin posibilidad de levantarnos, impíos, sin temor a Dios; pecadores que no hemos guardado su santa ley.

e.   Seremos salvos por Cristo. Pablo contrasta 2 veces el pasado con el futuro:

      1. "Estando ya justificados en su sangre (en el presente), por Él seremos salvos de la ira" (en el futuro, en el último juicio). Pablo nos hace ver que la salvación -que ya comenzó- es segura ante el tribunal de Dios. Es el día que la Biblia llama el de "día de la ira de Dios" (comp. 2,5 y 8).

      2. Nos habla de la salvación por la sangre (= la muerte, pasado) de Jesús y de la salvación por su vida (presente y futuro). Este contraste (expresado por las palabras "mucho más") es empleado para darnos la plena certeza que si Dios ya ha hecho lo más difícil (mandar a su Hijo para morir en favor de impíos), con mayor razón cumplirá la salvación en el día del juicio.

f.    También nos gozamos en Dios. "Nos gloriamos en Dios"; las palabras que Pablo usó para refutar a los judíos (cap. 2, 17, "te glorías en Dios"), las usa aquí pero de otra forma. No hay orgullo por ser judío, sino vergüenza por haber sido enemigos de Dios. Sólo cuando Dios nos salva existen razones más que suficientes para gozarnos en Él y en su misericordia.

2. (5,12-21) Adán y Cristo: no sirve la comparación; Jesús es Incomparable.

12-14 Adán y Cristo introducidos por Pablo

Pablo, habiendo hablado de las más ricas bendiciones que encontramos en Jesucristo, nos explica cómo es posible que tantas personas disfruten de la bendición que otorgó la obra de una sola persona. Además, le gusta al apóstol hacer comparaciones para mostrar la superioridad absoluta de Jesús. Por esta razón compara a Adán con Jesús.

  La semejanza es que Adán, al igual que Cristo, es "cabeza del pacto". Lo que hizo Adán no lo hizo como individuo, sino como cabeza del género humano. En otras palabras, como nuestro representante. Es decir: su actividad pecaminosa trajo consecuencias para todos nosotros: "El pecado entró en el mundo por un hombre y por el pecado la muerte". Como nuestro representante pecó y nosotros en él también, Pablo dice: "Por cuanto todos pecaron". Es verdad que existe una diferenciación entre el pecado de Adán y los pecados del genero humano antes de la ley; los últimos no pecaron a la manera (= en el mismo `nivel') de la transgresión de Adán, pecaron de otra forma: sin ley, es decir, sin ley escrita, aunque la tenían en sus corazones. Sin embargo, no fueron castigados de la misma manera que Adán, aunque igual eran culpables. No obstante, "todos pecaron" (en Adán como nuestro representante y después en su propias vidas). Esto se ve claramente, puesto que "la muerte reinó desde Adán (también) hasta Moisés". Una frase del v.12 que se acerca más al original es: "Es evidente que todos pecaron por el hecho que la muerte pasó a todos los hombres".

15-17 Tres diferencias entre Adán y Cristo 

a. Adán destruyó, Jesús restauró 

      De una manera determinada, Adán es tipo o antitipo de Jesucristo. Sin embargo, no sirve bien la comparación. Lo que hizo Jesús es mucho más grande de lo que hizo Adán: sanar es más difícil que enfermarse, romper un jarrón es más fácil que repararlo. Eso es justamente lo que hizo Adán (destruir) y lo que hizo Jesús (restaurar). Por causa de un hecho de Adán pasó la muerte a todos los hombres, sin embargo, el don de Dios en Jesucristo sobresale por sobre este hecho, ¡Él da a los creyentes la vida eterna!

      "Pero el don no fue como la transgresión; porque si por la transgresión de aquel uno murieron muchos, abundaron mucho más para los muchos la gracia y el don de Dios por la gracia de un hombre, Jesucristo" (v.15).

b. El `don' de Adán es la condenación; el regalo de Cristo, la redención

      No solamente hay diferencia entre `el don' de Adán (la muerte) y el regalo de Cristo (la vida eterna), sino también entre el pecado de Adán y la gracia de Dios en Cristo. Por medio de un solo pecado vino la condenación. Cristo, sin embargo, tenía que triunfar sobre muchas transgresiones, ¡y lo hizo!

c. Por Adán reinó la muerte; por Cristo pueden reinar todos los que son de Él

      Hay una tercera diferencia: por causa del pecado de uno solo reinó la muerte, pero nosotros podemos reinar por uno solo, Jesucristo". Por uno solo (Adán) el poder de la muerte reinó sobre todos, pero por uno solo (Cristo) todos pueden reinar y triunfar. Pablo no sólo dice que Cristo reina sino que también los creyentes participan con Él de este reinado.

18-19. Adán y Cristo otra vez comparados; Adán trajo la condenación, Cristo la justificación

Ahora, Pablo, en el v.18s. hace una comparación entre Adán y Cristo. En realidad se aprecia que nuevamente existe una diferencia muy grande: condenación contra justificación. "Así que, como por la transgresión de uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la justificación. Porque así como por la desobediencia de un hombre los muchos fueron constituidos pecadores, así también por la obediencia de uno, los muchos serán constituidos justos". Pablo no quiere decir que los muchos fueron realmente justos interiormente, sino que se refiere a la imputación, ya sea en cuanto al pecado, o con relación a la justificación. Lo que hizo Adán nos afectó negativamente, lo que hizo Jesús significa ser declarado justo ante y por Dios en base de la obra de Cristo.  

20-21 El significado de la ley

Los judíos podrían preguntar: ¿dónde se encuentra Moisés y la ley en este cuadro? ¿No juegan un papel positivo? La respuesta es toda lo opuesta a la que ellos esperaban. Para los judíos, la ley aumenta la justicia, pero para Pablo aumentaba el pecado. "Para que el pecado abunde". La ley no solamente hace evidente el pecado, sino que también produce el deseo de pecar. Por lo tanto, la ley en forma indirecta hace visible cuán grande es la gracia de Dios. La gracia de Dios sobreabunda; ella triunfa sobre todos los pecados. El triunfo de Cristo es mayor que el fracaso de Adán. La muerte es un poder, pero fue vencida mediante Jesucristo, Señor nuestro.

* La comparación entre Adán y Cristo es insostenible.

Síntesis aplicativa de temas importantes

1a. El fruto principal de la justificación es paz: Dios está contento con nosotros. Jesús es la causa de esta paz maravillosa; Él recibió el castigo de Dios por nuestros pecados.

1b. Otros frutos de ella son:

-     tener acceso a la gracia de Dios y estar firme en ella,

-     tener esperanza de poder ver la gloria de Dios,

-     gloriarse en las tribulaciones por el efecto que producen,

-     adquirir una actitud perseverante y un carácter maduro en la fe,

-     ser salvos de la ira de Dios a pesar de lo que éramos: débiles, impíos, pecadores y enemigos.

1c. Si el sacrificio de Jesús era lo más difícil, ¿no será el juicio más fácil? Por la fe podemos tener la plena certeza de que Dios nos salvará. La condenación que merecíamos ya fue quitada.

2a. El pecado de uno tuvo consecuencias para todos; la obra de Cristo trae bendiciones para muchos. Adán representaba a toda la humanidad, tal como Cristo es la cabeza de una humanidad nueva, es decir: de los creyentes.

2b. El alcance de la obra de Cristo es grande: abarca a pecadores de todos los siglos y razas. Sin embargo, no podemos leer en los textos que hablan de los frutos de Cristo para todos, una salvación universal en el sentido que todo el mundo será salvo. Pablo desmiente una salvación de esta naturaleza, pues habla en esta misma carta del justo castigo de Dios sobre aquellos que no obedecen a la verdad (2,5 y 8). No olvidemos que Pablo compara a Cristo y Adán en su calidad de `cabezas' del pacto.

2c. Los efectos de la obra de Cristo son incomparables. Mientras:

-     Adán destruyó, Cristo restauró;

-     Adán trajo la muerte, Cristo trajo la vida eterna;

-     por el pecado de Adán, reinó la muerte, por medio de Cristo podemos reinar con Él en la vida eterna;

-     Adán trajo la condenación, Cristo la justificación.

2d. La ley no nos salva, sino sólo Cristo. La ley tiene otra función. Desde luego nos quiere guiar en el camino de Dios. No obstante, a penas empezamos a considerarla como instrumento para acercarnos más a Dios por nuestras propias fuerzas, veremos que acontecerá lo contrario: aumenta el pecado. Gracias a Dios, su perdón y favor inmerecido son mucho más grandes que nuestra culpa.

Romanos 6: La nueva creación

1. (6,1-14) Este capítulo responde a la pregunta y objeción contra el mensaje de Pablo referente a la justificación sin obras. Cuando el pecado abunda y la gracia sobreabunda, ¿no existe el peligro que la gente persevere en el pecado, precisamente por la razón de que su pecado da, en cierto modo, realce a la gracia de Dios? "No", dice Pablo, "en ninguna manera. Porque los que hemos muerto al pecado, ¿cómo viviremos en él?" (v.2)

¿Qué significan estas palabras?

a.   No significa que ésto (el haber muerto al pecado) sea el resultado de nuestra lucha contra los pecados. Esta realidad increíble no se debe a nuestro esfuerzo y posibilidades; ellos de ninguna manera nos llevarán a estar muertos al pecado.

b.   Tampoco podemos decir que a través de la muerte de Jesús hemos sido muertos en el sentido de que ya no somos más sensibles al pecado, que no tiene ninguna influencia sobre nosotros.

Pero, ¿cuál sería entonces el significado real? Cabe decir que la expresión "hemos muerto al pecado" la encontramos dos veces (en los vv. 2 y 10): una vez para expresar nuestra muerte al pecado y la otra para expresar la muerte de Cristo al pecado. Sabemos que el pecado nunca ha tenido dominio sobre Él. Lo que sí podemos decir es que Él voluntariamente se puso bajo la condenación del pecado: la muerte. Cuando Él murió, quitó esta condenación de tal modo que su muerte implica que nosotros (los creyentes) también hemos muerto en el sentido que no vivimos bajo la condenación del pecado, pese a que aún debemos morir. Los creyentes comparten los beneficios del sacrificio de Jesús.

  En el versículo 3, Pablo nos hace ver cómo hemos muerto al pecado: a través de nuestro bautismo. Para que no haya malentendido, no quiero decir que sea el bautismo en sí, el que nos otorgue los beneficios de Cristo, sino que es la fe la que nos los concede. Pero el bautismo nos une sacramentalmente a Cristo y a todos sus beneficios. El bautismo hace visible lo que Dios hizo en Cristo: compartimos los frutos del sacrificio de Cristo. [1]

  El bautismo entonces, dice: "lo que es real en Cristo (muerto al pecado) es también real en nosotros". Pablo lo aclara diciendo que además "somos sepultados juntamente con Él para muerte por el bautismo". Como un entierro subraya la radicalidad de la muerte, así los creyentes no viven más bajo la condenación del pecado.

  "A fin de que como Cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también nosotros andemos en vida nueva". La realidad de los que hemos muerto con Cristo y hemos sido bautizados en su muerte, ha de ser una realidad práctica en nuestras vidas. El bautismo tiene siempre un `para qué'. Para que andemos en vida nueva. El bautismo está dirigido hacia la nueva vida. Pero antes de sacar conclusiones sobre la vida nueva, Pablo muestra a la iglesia de Roma que no es posible vivir por la gracia y al mismo tiempo vivir en los pecados.

  "Porque si fuimos plantados juntamente con él en la semejanza de su muerte, así también lo seremos en la de su resur­rección" (v.5). Este versículo nos dice que hay una unión muy estrecha con Cristo (aunque las palabras "en la semejanza" significan que hay diferencia entre la muerte de Cristo y la nuestra), a través de su muerte. No podemos recibir sólo la mitad de los beneficios de Cristo, pues la unión incluye también nuestra unión con su resurrección por fe y en forma sacramental por el bautismo.

  En los versículos 6-7 está elaborado el significado de haber sido muertos con Jesús, mientras que los versículos 8-9 elaboran el otro aspecto, el significado de haber resucitado junto con Jesús. Pablo usa ahora otra expresión: "nuestro viejo hombre fue crucificado juntamente con Él". Podemos decir: ya fuimos condenados por Dios cuando Jesús murió en la cruz. "Nuestro viejo hombre" se refiere no a una parte de nosotros, sino a todo nuestro ser `antiguo', lo que éramos por la caída en el pecado. En cierto modo hemos pagado el precio, no como si nosotros lo hubiéramos hecho, sino porque Cristo lo pagó en nuestro lugar. Y lo hizo con un propósito: la liberación de la tiranía del pecado: "Para que el cuerpo del pecado sea destruído, a fin de que no sirvamos más al pecado". La expresión "el cuerpo del pecado" puede significar "el cuerpo dominado por el pecado"; tal vez sea mejor tomar estas palabras en relación a nuestro pecaminoso y egoísta `yo'. Dios anuló este pecaminoso `yo' imputándonos el sacrificio de Jesús a favor nuestro. Ahora somos "justificados del pecado". No hay nada que Dios ponga en nuestra contra.

En los versículos 8-10, Pablo habla de los efectos de la resurrección de Cristo en nuestras vidas. Para conocer estos efectos debemos ver primero lo que ha sucedido con Él: cuando resucitó, dejó la muerte definitivamente detrás de sí; la muerte no tiene más poder sobre Él. Una sola vez pagó el precio del pecado, pero en cuanto a su vida: Él vive siempre para (la gloria de) Dios. En el versículo 11, Pablo ahora nos da la conclusión: lo que sucedió con Él, también sucedió con nosotros. Por lo tanto: "Así también vosotros consideraos muertos al pecado, pero vivos para Dios en Cristo Jesús, Señor nuestro". La nueva vida, la santificación, por lo tanto, comienza con recordar la posición que tenemos por medio de la fe en Cristo (muertos al pecado), y actuar en base a esta posición. Es decir: portarse conforme a nuestro alto privilegio: somos vivos para Dios, librados por Cristo de la culpa para vivir y honrar a Dios con todo nuestro ser. Si somos libres de la condenación del pecado y de la muerte, ¿cómo podremos seguir en él? No tenemos nada que ver con él.

  La palabra `pues' extrae una conclusión: toda nuestra actitud referente al pecado debe cambiarse. Si pertenecemos a Cristo, no debemos dejar que reine el pecado en nuestro cuerpo físico (aún sometido a la muerte), obedeciendo a los malos deseos que todavía están dentro de nosotros. Ni debemos entregar los miembros de nuestro cuerpo (los órganos y facultades) como instrumentos de la iniquidad, que es una vida contra la voluntad del Señor. Al contrario, debemos ofrecer nuestras vidas a Dios para vivir una vida justa y correcta. El tiempo del último verbo (`presentaos' es en el fondo un pasado que se llama `aoristo') expresa que una vez para siempre tenemos que haber dedicado nuestra vida a Dios. Puesto que somos vivos entre los muertos es necesario abandonar la vida anterior. Hay otra razón más para no obedecer al pecado (v.14): "Porque el pecado no se enseñoreará de vosotros; pues no estáis bajo la ley, sino bajo la gracia". Lo que expresa el versículo precedente es más un estado que una exhortación, más una promesa que un mandato. El pecado no será nuestro amo, porque no estamos bajo la ley, bajo su régimen; lo cual significa estar bajo la condenación y luchar una batalla ya perdida. "Bajo la gracia" indica que ahora dependemos de la gracia de Dios, pues fuimos justificados ante Él y no viviremos más bajo la condenación. De este modo podemos resistir contra el pecado, sabiendo que fuimos liberados de él.

* Cristo nos hizo libre de aquella relación que nos unía al pecado, por lo tanto considerémonos libres de su esclavitud.

2. (6,15-23) En el versículo 15, Pablo responde a otra objeción: si no estamos bajo la ley, ¿eso no significa que podemos perseverar en el pecado? "En ninguna manera", dice Pablo. Por nuestra unión con Cristo no somos más esclavos del pecado, sino que hemos sido librados de su yugo. La conversión significa un cambio de `amo': ahora somos `esclavos' de Jesucristo, por eso le servimos a Él, viviendo en la justi­cia y haciendo lo que agrada a Dios. Por otro lado, aquel que aún sigue esclavo del pecado obedeciéndole en todo, terminará por obtener la muerte eterna. Entonces, ya liberados del antiguo amo de pecado, no tenemos otra opción que obedecer a Jesús, pero con gratitud. Ahora hemos "obedecido de corazón a aquella forma de doctrina, a la cual fuisteis entregados", dice Pablo en el v.17. La doctrina debe ser la enseñanza básica de los apóstoles acerca de la cruz y la resurrección de Cristo y los principios éticos que siguen de ella. A esta doctrina fuimos entrega­dos (es decir por Dios). El Señor nos dio un corazón nuevo, en el cual vive la fe en Jesús, y el deseo de obedecerle. La gracia ha producido cambios enormes, de esclavos del pecado, ahora son esclavos de la justicia, dice Pablo en el v.18. Pablo, debido a la debilidad de los hermanos, una vez más, hace uso del ejemplo de la esclavitud. Antes servían con sus miembros a la impureza por la cual se volvieron siempre más impíos, ahora, teniendo un nuevo Amo, deben ofrecer sus miembros a la justicia para crecer en santidad. El servir al pecado o bien a Dios, siempre produce algo, ya sea la muerte, o sea la vida eterna. Cuando vivimos en una relación laboral con el pecado, recibimos la paga (el salario) de la muer­te. Si servimos a Dios, no recibiremos sueldo, sino un libre don de Él, que es la dávida de Dios, su regalo de pura gracia: la vida eterna.

* Servir al pecado es muy peligroso; servir a Dios vale la pena. Sin embargo, la vida eterna no es producto de nuestros méritos, sino del amor abundante del Señor.

Síntesis aplicativa de temas importantes

1a. Haber muerto al pecado no es una experiencia emocional, sino un hecho que ocurrió cuando Jesús murió. Los creyentes comparten este privilegio sacramentalmente a través del bautismo y se apropian de él mediante la fe. Sin embargo, ¿no dice la realidad que el poder del pecado todavía es activo y grande? Sí, pero Pablo habla desde una perspectiva de fe. A través de Cristo, Dios nos ve muertos al pecado, por tanto nosotros hemos de vernos en esta posición. Por eso Pablo dice: "Consideraos muertos al pecado." No pertenecemos más al dominio del pecado, pertenece­mos a Cristo Jesús. Por tal motivo presentemos nuestros miembros (nuestro cuerpo) a Dios como instrumentos de justicia, en una vida para su gloria. Nuestra boca ha de ser usada para hablar de la gloria de Dios y nuestros pies para andar en el camino de los mandamientos de nuestro Señor.

  Nos cuesta considerarnos muertos al pecados. Podemos comparar nuestro caso a un hombre muy pobre quien recibe de una vez millo­nes de dólares. Ahora él es muy rico, pero vive todavía como un indigente, ya que no puede entender que él es rico. Así muchos crey­entes no saben que son ricos, que no pertene­cen al pecado sino a Cristo.

1b. La santificación es en primer lugar algo que le pertenece a la fe, ¿qué significa esto para nuestras vidas? No significa que no tenemos pecados, ni tampoco que no los cometemos, sino que creemos que en Jesucristo fuimos justificados y liberados de la estrecha relación que nos unía al pecado. En Cristo, Dios nos considera perfectos.

1c. El pecado no tiene nada que ver con nosotros, y nosotros no tenemos nada que ver con el pecado. Pecamos, porque el pecado está en nuestro cuerpo, pero eso no significa que reina sobre nosotros, porque ya no tiene todo el poder sobre nosot­ros. Porque somos de Cristo, hemos sido librados del poder absoluto que el pecado tenía sobre nuestras vidas.

2a. La conversión es un "cambio de amo". Ahora debemos obediencia a nuestro nuevo amo: Jesús. Es interesante notar que claramente Pablo habla de los creyentes como personas sometidas a un nuevo amo o dueño: al Señor Jesucristo. A este aspecto por lo general se le da muy poco énfasis en una predicación antropocéntrica (centrada en el hombre) donde sólo se ve a Jesús como el Salvador y el que suple nuestras necesidades, pero no como el Señor que tiene toda potestad sobre nuestras vidas. Aunque nuestra relación con Dios es una relación filial (de hijos), también hemos de considerarnos sus esclavos que viven en total obediencia y lealtad debida a su Persona. Sin embargo, esta nueva `esclavitud' no es nada más que la liberación del pecado y el alegre servicio a Cristo. Si seguimos obedeciendo a nuestro amo anterior, nuestra vida terminará en la muerte eterna. Si somos verdaderamente seguidores de Jesús, en su gracia, Él nos dará la vida eterna.

2b. Los frutos de nuestra antigua manera de vivir sólo nos conducían a la muerte. Pablo contrasta la vida actual de los creyentes con la que anteriormente poseían cuando estaban lejos de Cristo. Pablo hace una pregunta para saber qué frutos obtuvieron los creyentes de su antigua existencia, y la respuesta es obvia: ningún fruto. Al contrario, el solo hecho de recordar su antigua manera de andar produce en el creyente vergüenza; es como si dijera: ¿cómo fue posible que estuviera tan sumido en el pecado y no me diera cuenta? Esa es la razón por la cual creemos que sería totalmente incompatible que un cristiano recuerde su vida de pecado, sin sentir algo de vergüenza por lo que hizo; esto mismo le ayudará a percibir más grandemente la gracia de Dios que lo liberó de la esclavitud del pecado, entregándose por completo a la obediencia de la voluntad de Dios.

Romanos 7: Liberado de la ley

1. (7,1-6) Mientras que Pablo en el capítulo anterior nos dijo que los creyentes hemos sido muertos al pecado, ahora declara que también somos liberados de la ley. Esto tal vez suene raro. ¿Pero por qué lo dice? El problema no está en la ley, ya que ella es buena, sino en nosotros que no podemos cumplirla. La ley muestra nuestro pecado y también, en un sentido, lo aumenta; ello debido a que nuestra naturaleza pecaminosa se siente inclinada a desobedecerla.

  En el capítulo 6 Pablo ilustra la libertad del pecado en términos de un esclavo y su amo, aquí emplea el ejemplo de un matrimonio para ilustrar la libertad de la ley. El matrimonio es una relación para siempre. Si la mujer tiene relaciones con otro hombre, mientras viva su marido, ella es culpable de adulterio. Sin embargo, si su esposo ha muerto, ella queda libre. Entendiendo lo anterior, descubrimos la gloriosa aplicación: el creyente está libre, porque Cristo murió al pecado, y los creyentes en Él. Somos propiedad, esposa, de Otro: de Jesús, quien resucitó de la muerte; así que podemos llevar fruto para la gloria de Él. Ahora no nos encontramos bajo el dominio de la ley y del pecado (aunque este último es todavía un poder enorme), sino que vivimos en otro `estado civil': en el matrimonio con Cristo, guiado por su Espíritu. Por medio de la ley no hemos sido capaces de dar frutos, pero Él por medio de su Espíritu nos hace capaces para hacerlo.

* La muerte de Cristo nos libera del yugo de la ley, y de su consecuencia al no cumplirla.

2. (7,7-12). En el versículo 7, Pablo va a responder a la pregunta si la ley misma es pecado. Parece una conclusión obvia. Sin embargo, no es así; por ende, Pablo ahora defiende la ley de Dios. El pecado mismo es la causa de toda maldad, ya que él encuentra en la ley de Dios un estímulo para pecar más. Es nuestra naturaleza, la que nos motiva hacer lo que está prohibido. La ley es buena y justa. Sin la ley no podríamos conocer nuestros propios pecados. Por ejemplo, sin ella no sabríamos que la codicia es pecado. No obstante la ley produce en nosotros (más) codicia. Sin la ley el pecado está muerto; existe, pero todavía duerme. Mas por la ley el pecado despierta, revive y, sobre todo, por la ley el carácter de nuestra enemistad contra Dios se pone en clara evidencia.

  Pablo habla en primera persona; hay diferentes posibilidades de explicarlo: se trata de Adán, de Israel, de la iglesia, o de Pablo mismo. Podemos decir que cada interpretación contiene un elemento de la verdad. Cada creyente desde Adán se da cuenta de que el pecado se despierta por medio de la ley. Esto no dice nada negativo de la ley, sino de la seriedad de la situación en la que nos encontramos: tenemos una naturaleza totalmente corrompida por el pecado.

* La ley de Dios revela cuán necesitados estamos de la gracia de Dios.

3. (7,13-25) Para entender los versículos 13-25 es necesario poner atención al contexto. ¿Qué quiere Pablo decir en Romanos 7? Está expli­cando que por medio de la ley ninguna persona puede agradar a Dios. Eso es la debilidad de la ley a causa de nuestra inhabilidad para cumplirla. Nuestro esfuerzo, por muy religioso que sea, jamás nos llevará más cerca de Dios a una vida obediente. Al contrario, la ley, por causa del pecado, nos llevará  más lejos de una vida que agrada al Señor. Por eso, Pablo describe la lucha que produce la ley en la vida del creyente. Si dependemos de nuestra obediencia a la ley de Dios, estamos perdidos. No es la culpa de la ley, sino de nuestro propio pecado.

  Lo que Pablo dice, podemos resumirlo así:

a.   La ley pone de manifiesto que nuestra vida está llena de culpa.

b.   La ley es espiritual y divina; nosotros somos carnales, totalmente corrompidos, vendidos al pecado.

c.   Hacemos lo contrario de nuestro deseo (como creyentes).

d.   El error está en nosotros y no en la ley.

e.   Dentro del creyente vive el pecado, aunque sea hijo de Dios, y tiene el deseo de agradarle.

f.    Dios puso el deseo de obedecerle, pero hacer su voluntad no es posible para nosotros.

g.   Es decir: no mora el bien en el creyente, solamente el deseo para hacerlo. Falta la acción.

h.   Hay una diferencia entre el pecado y yo. Por el amor a Dios no quiero hacer lo malo,

i.    sin embargo, siempre hago lo malo.

j.    El hombre interior (= el creyente en su relación de amor por Dios), se deleita en la ley de Dios, tiene el deseo de agradarle.

k.   Sin embargo, hay otra ley (`ley' significa ahora: `poder') dentro del crey­ente: hacer lo malo.

l.    La lucha entre nuestro deseo de agradar a Dios y el poder del pecado que muchas veces nos domina, produce el gran anhelo de la redención del cuerpo de pecado.

m.  Este anhelo se realizará completamente por medio de Jesucristo en su segun­da venida. Aquí y ahora se realiza en forma parcial por medio del Espíritu Santo.

La pregunta importante es: ¿Quién habla? ¿Quién es el `yo' de estos versículos? Como respuesta, existen tres opciones:

I. Pablo como incrédulo, sobre todo como judío. Porque el incrédulo a veces tiene el deseo de vivir mejor, pero no tiene el poder. Sólo por medio del Espíritu Santo podemos agradar a Dios y triunfar sobre el pecado.

II. Pablo bajo convicción de pecado, pero no librado de la ley por el Espíritu Santo. Pablo describe la vida del `creyente' quien aún desconoce la alegría del poder del Espíritu Santo.

III. Pablo y todos los creyentes, conociendo la lucha contra el pecado y sabiendo el gran poder de éste.

Me inclino más por la última opción ya que el deleitarse en la ley de Dios es aplicable solamente a los creyentes. El pecado no cesa de ser un poder grande en la vida del creyente, pero alguno dirá: "Pablo conoce sin embargo la vida por medio del Espíritu". Mas para esta declaración, podemos responder lo siguiente:

a.   Es verdad, pero Pablo muestra

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en estos versículos que por medio de la ley no podemos agradar a Dios, por causa de los pecados que moran en el creyente.

b.   El creyente no siempre vive por el Espíritu Santo. Pablo siempre nos llama a una vida por el Espíritu, en vez de una vida guiada por la carne. Justamente el hecho de que necesitemos del Espíritu Santo muestra nuestra incapacidad de vivir para el Señor por nuestro propio esfuerzo.

* Nadie puede aún decir que su lucha con el pecado es cosa del pasado.

Síntesis aplicativa de temas importantes

1. Debido a nuestra naturaleza pecaminosa no podemos agradar a Dios tratando de cumplir su santa ley. Dios, en su gracia, nos ha eximido de su yugo, liberándonos de ella. Ahora pertenecemos a otro `esposo': Jesucristo. La vida de Él no consiste en esclavitud, sino en la libertad del Espíritu Santo. Él nos incentiva a llevar frutos, los cuales son productos de la obra que Él realiza en nosotros.

2a. La ley es perfecta, el problema está en nosotros. La dificultad nunca ha estado en la ley, sino en nosotros, en nuestra imposibilidad para cumplirla y prontitud para transgredirla. Si esperamos algo de parte de nuestro cumplimiento de la ley, veremos que la ley, debido a nuestra naturaleza corrompida, causa incluso más resistencia contra los mandamientos de Dios.

2b. La ley nos revela nuestra culpabilidad para que busquemos la gracia de Dios. Emprender la aventura de cumplir la ley con nuestras fuerzas es una empresa destinada al fracaso total. Cada vez que queramos cumplirla ella nos revelará cuán malos somos y sobre todo cuán alejados nos encontramos de Dios. Esto debe ser motivo suficiente para que clamemos a Dios por su gracia, la cual alcanzamos por medio de la fe en Cristo.

3a. Nosotros los creyentes, a pesar de nuestro amor por Dios y por su ley, no estamos en condiciones de servir a Dios por nuestros propios esfuerzos. Es un descubrimiento triste el darse cuenta de cuán enorme es el poder del pecado en nuestro cuerpo y ser. Si no fuese por la liberación de Dios, la ley nos dejaría en una situación de extrema desesperanza.

3b. El creyente que lucha contra el pecado anhela la redención del cuerpo. El creyente también peca, pero no deliberadamente. Esta situación debe hacernos mirar a aquel día cuando seamos revestidos de la gloria celestial: cuando Cristo regrese por segunda vez a esta tierra.

Romanos 8

Introducción. Es importante tratar de localizar este capítulo en la totalidad de esta epístola. Desde el cap. 5 Pablo habla de los frutos preciosos de la justificación por la fe; en los capítulos 6 y 7 responde a 2 preguntas: "¿El evangelio que tú, Pablo, predicas, no es un mensaje peligroso? El creyente puede pensar que su conducta no importa". "No", dice Pablo, "porque no pertenecemos al pecado (hemos muerto al pecado). Tampoco pertenecemos a la ley, porque por medio de la ley no podemos ser salvos". Esto suena casi blasfemo, sobre todo para los judíos. Por eso Pablo responde a la segunda pregunta que dice: "¿Tu evangelio no menosprecia y anula la ley de Dios?" "No", dice Pablo otra vez, "la ley es santa, justa y buena, el problema no está en ella, sino dentro de nosotros". La ley produce, por causa de nuestra naturaleza, pecado.

  En el capítulo 8 Pablo retoma el hilo de capítulo 5. Aquí nos dice claramente que la salvación es completamente segura para los creyentes, porque:

a.   no hay condenación para los que están en Cristo Jesús, (1)

b.   los creyentes están libres de la ley -que era un muro infranqueable para los creyentes- porque ella fue cumplida por Jesús, (2-3)

c.   el Espíritu Santo obra dentro de nosotros, para santificarnos (4-13); por este Espíritu los creyentes recibirán un cuerpo nuevo (11),

d.   la presencia del Espíritu Santo es la prueba de que somos hijos de Dios, porque es el Espíritu de la adopción; por eso somos herederos de Dios y coherederos con Cristo, (14-17)

e.   Dios está preparando para nosotros una herencia, y también para toda la creación, (18-25).

f.    aunque ahora estemos gimiendo, por causa de las dificultades que sufrimos en este mundo, el Espíritu Santo nos ayuda con sus peticiones, orando al Padre, dentro de nosotros (26-27)

g.   la salvación está completamente enraizada en Dios mismo. La salvación es el plan de Dios, y Él la desarrolló desde la predestinación hasta la glorificación (28-30),

h.   la salvación es tan segura porque Cristo, entregado por Dios, es la prueba del amor de Dios para con nosotros; con Él recibiremos todas la cosas (31-34),

i.    ninguna cosa puede separarnos del amor de Dios (35-39).

Por otra parte, Pablo también muestra en este capítulo que la ley no puede llevar a la obediencia a Dios, pues eso lo logra el Espíritu Santo.

1. (8,1-18) Mientras que Pablo en el cap.5 había hablado del fruto de la justificación en forma positiva, ahora enfoca varias veces el peligro del cual Cristo salvó a los suyos: de la condenación. Esta bendición está destinada para aquellos que están `en Cristo'. Estas palabras indican la relación de fe que existe entre los creyentes y Cristo. En v.3 Pablo muestra que Dios sí ha condenado nuestro pecado; sin embargo, dicha condenación cayó sobre su propio Hijo.

  El no ser condenados por Dios incluye una segunda bendición: la liberación de la ley del pecado y de la muerte. En virtud del cap. anterior, la palabra `ley' debe referirse a la santa ley de Dios. El que Pablo la llamara `ley del pecado y de la muerte' no es de ninguna manera una descalificación de ella, sino de nosotros, ya que la santa ley de Dios produce -a causa de nuestra naturaleza corrompida- pecado y muerte en nosotros. La liberación es efectuada por "la ley del Espíritu de vida"; podemos tomar esta expresión como una referencia al evangelio (comp. algo parecido en 2 Cor 3,7 y 8: ministerio de muerte y ministerio del Espíritu). En el evangelio, Dios nos promete hacer lo que no podíamos hacer jamás por la debilidad de nuestra carne (= nuestro ser dominado por el pecado). Es, entonces, Dios quien tomó la iniciativa para rescatarnos del yugo y de la condenación de la ley. La  iniciativa divina se ve claramente en Jesús, quien fue enviado por el Padre para hacerse igual a nosotros (salvo en el pecado), para sufrir la sentencia de la muerte y condenación que descansaba sobre nosotros.

  El gran propósito de la venida de Jesús fue: devolver a la ley sus derechos. Al liberarnos de su condenación, nos capacita a través de su Espíritu para vivir conforme a sus requerimientos. Aunque el fiel cumplimiento de la ley nunca puede ser la base de nuestra justificación, sí es el fruto y gran propósito de ella.

  En los versículos 5-9a, Pablo contrasta la vida de la carne (nuestra naturaleza corrompida por el pecado) con la vida del Espíritu.

a.   La carne no puede hacer sino lo que es malo; en cambio, la vida que está bajo el control del Espíritu produce los frutos del Espíritu, que es una vida dirigida hacia la voluntad de Dios.

b.   La manera de pensar y actuar de la carne es muerte (no hay vida en ella que glorifique a Dios) y lleva a la muerte (estar eternamente excluídos de la presencia de Dios). En cambio, los que son dominados por el Espíritu, están vivos y tienen paz con Dios.

c.   Todo lo que piensa y hace la carne, en el fondo no es nada más que enemistad contra Dios. No hay sometimiento a Dios, ni tampoco el poder para sujetarse a Él. La vida sin el Espíritu, por muy bonita que parezca por fuera, no hace nada más que desagradar a Dios. Los creyentes, sin embargo, tienen otro principio: el del Espíritu de Dios.

Pablo dice: "¡El Espíritu, pues, está en vosotros!". Es como un estímulo, para recordar que así es nuestra (nueva) situación, gracias a Dios. Vemos, entre paréntesis, que todos los creyentes tienen el Espíritu Santo. No hay dos clases de creyentes, unos con el Espíritu, y otros sin Él. Por un momento Pablo menciona la posibilidad de que hayan, dentro de la iglesia, personas sin el Espíritu. La verdad es que ellos no pertenecen al Señor. Han de saber su triste realidad.

  Ahora (9b-14), Pablo elabora lo que sucede si Cristo está dentro de nosotros:

a.   "el cuerpo está muerto". Esto significa: sometido a la muerte por el pecado. Pero nuestro espíritu tiene, por la morada del Espíritu en nosotros, la vida eterna debida a la justicia de Cristo ante Dios, por la cual nosotros somos justos ante Él. Pablo aclara esto en el versículo siguiente (11), al decir que tan cierto como el Espíritu de Dios resucitó el cuerpo de Jesús, así mismo, por este Espíritu que mora en nosotros, nuestros cuerpos serán vivificados.

b.   Esta gloriosa promesa es un gran aliciente que nos lleva a vivir para la gloria de Dios. No le debemos nada a la carne para vivir en el pecado. Librados del pecado por el Señor, la única `deuda' que tenemos, es con el Señor.

c.   Una vez más, Pablo destaca el gran contraste entre la vida conforme a la carne y la vida conforme al Espíritu. Si vivimos conforme a la carne, nuestra vida terminará en la muerte, en cambio, si vivimos por el Espíritu y hacemos morir las obras de la carne a través de su obra en nosotros, viviremos. Es importante notar que la santificación es enteramente  obra del Espíritu, ya que Él destruye las obras de la carne. Por otro lado, no somos pasivos: le damos a Él, el control de nuestras vidas. Todas las cosas las ponemos ante la luz del Espíritu, preguntándonos si ellas están de acuerdo a su voluntad. En esta lucha, la oración toma un lugar importante. Confesamos nuestra debilidad y confiamos en la obra del Espíritu. Esta vida, dominada por el Espíritu Santo, es la prueba fehaciente de que somos hijos de Dios. Ser guiados por el Espíritu se refiere primeramente al control que tiene el Espíritu sobre nuestras vidas en cuanto al pecado. Ser hijos de Dios es un gran privilegio.

A continuación, Pablo sigue mostrándonos otro aspecto de la obra del Espíritu Santo: Dios nos da una profunda seguridad de la salvación por medio de su Espíritu. No nos dio un espíritu de esclavitud (tal como era el caso bajo el yugo de la ley), sino de adopción. Por su propio Espíritu, quien nos lleva a la plena certeza de que somos hijos de Dios, podemos clamar a boca llena `Abba', `Padre'. En la oración podemos clamar a Dios, teniendo la plena confianza que Él es nuestro Padre, ya que a través del Espíritu tenemos la franqueza de que podemos llamar a Dios `Papá'. La palabra `abba' es muy familiar, era la palabra que Jesús usó en comunión íntima con su Padre. El Espíritu Santo testifica a nuestro espíritu de que somos hijos de Dios. Él hace que las promesas del Señor sean reales para nosotros, como si Dios mismo se dirigiera directamente a nosotros y derramara su amor en nuestros corazones (cap. 5,5). "El Espíritu Santo es llamado sello y arras para confirmar la fe de los piadosos, porque mientras Él no ilumine nuestro espíritu, no hacemos más que titubear y vacilar." (Calvino).

  La adopción se usó en aquel tiempo para tener a alguien como heredero. Es por eso que Pablo habla de otra certeza: la salvación será incompleta mientras no recibamos la herencia de Dios y de Cristo: su reino en la presencia de Dios. Los sufrimientos no impiden que seamos glorificados, sino que lo confirman. Los creyentes comparten en este sentido el camino de Cristo.

* Meditemos en los grandes privilegios de los creyentes: recibir el Espíritu Santo, ser hijos de Dios, clamar a Dios `Papá' y tener acceso a la gloria eterna.

2. (8,18-27) En el versículo 18, Pablo prosigue con la explicación de la completa salvación en Cristo. Pero esta salvación es una salvación atacada. Aunque es segura, tenemos que pasar en primer lugar por muchas dificultades. Es muy posible que los creyentes se desanimen. Por lo tanto como buen pastor, Pablo alienta a los creyentes diciéndoles: "Tengo por cierto..." Esto significa que podemos considerar que aunque haya tantas dificultades y aflicciones, la gloria venidera (cuando Cristo venga) no se puede comparar a ellas; pueden ser graves y pesadas, pero el peso de la gloria es mucho más `grande'. Esta gloria se manifestará dentro de nosotros.

* Las aflicciones del presente, aunque duras, no se pueden comparar a la gloria de Dios que nos espera.

  Luego, Pablo continúa con el tema de los sufrimientos y la gloria venidera. Los dos están íntimamente relacionados. En la `ley' del reino de Dios no hay gloria sin sufrimiento previo. En la futura gloria no sólo estamos involucrados nosotros, los creyentes, sino también toda la naturaleza, la cual tiene un profundo anhelo; Pablo personifica la naturaleza, viendo por la fe en ella un anhelo ardiente: la manifestación de los hijos de Dios. El destino del mundo está unido al del hombre. En la caída, el hombre arrastró tras sí a la creación; Dios unió el destino de la creación con el nuestro, porque éramos reyes de ella. Y después de la caída la creación fue sujetada a vanidad por Dios a causa del pecado del hombre. La creación perdió su propósito, no podía glorificar a Dios completamente, ya que su habitante principal, el hombre, falló. Por otro lado, a causa del pecado del hombre, toda la creación comparte la corrupción y la muerte. Pero Dios puso esperanza en la creación: su liberación junto con la gloriosa liberación de los hijos de Dios, cuando Él renueve todo. Todavía la creación se halla en un estado de gran necesidad, grita como una mujer antes de un parto. Pablo usa este ejemplo no sólo para mostrar la gran necesidad en la cual la creación se halla, sino también para mostrar la certeza del nacimiento de la nueva creación.

  "Y no solamente la creación", también los creyentes mismos, sabiendo del futuro prometedor, gimen, esperando la adopción. Ya somos hijos adoptados del Señor; sin embargo, la plena realidad de esta situación no se realiza antes de la liberación final: cuando el cuerpo, todavía sujeto al pecado y a la muerte, será completamente libre y vestido de inmortalidad.

  Esta salvación la tenemos en esperanza. No significa que esta salvación no es segura, sino que aún no ha sido realizada completamente. No vemos la realidad, aunque la esperamos. Pero esperando esa realidad, la aguardamos con paciencia; justamente porque estamos seguros de que Dios realizará todo. Es una seguridad basada en la obra de Cristo. Mientras tanto, el Espíritu de Dios nos respalda. Por causa de las dificultades y aflicciones podemos quedar desalentados, al punto de desmayar. No sabemos completamente lo que tenemos que pedir al Señor en nuestras oraciones, sea que nos libere de los sufrimientos o sea que nos fortalezca para aguantarlos. Sin embargo, el Espíritu de Dios intercede por nosotros por medio de sus `oraciones' en la presencia del Padre con gemidos que ningún ser humano puede entender (lit. gemidos `sin palabras'). Sin embargo, son gemidos entendidos y respondidos por el Padre.

* Reflexiona en las consecuencias de la caída y en la liberación que viene, y en el respaldo del Espíritu Santo.

3. (8,28-39) Para resumir sus pensamientos, Pablo dice que a los que aman a Dios, todas la cosas les ayudan a bien. Pero con este pensamiento añade también algo: el sufrimiento (cualquiera que sea) sirve a un propósito. Aunque es tan difícil, Dios puede utilizarlo por lo menos para acercarnos más a Él. Dios puede usar todas la cosas, las buenas y las difíciles, en su plan. Por lo tanto podemos siempre pedirle que nos muestre lo positivo en medio de lo negativo.

  La salvación es completamente segura por estar arraigada en Dios. Él conoció a los suyos con un amor inexpresable y los predestinó, o eligió. Él nos eligió con un propósito para hacernos conforme a la imagen de su Hijo. Dios quiere restaurar la situación original: creyentes que reflejen la santidad de Dios. Para nosotros significa que manifestemos la imagen de Jesucristo. Dios quiere pagar el `sueldo' a su Hijo: que Él tenga muchos hermanos que manifiesten su misma imagen. Hermanos de Cristo que sirvan, obedezcan y amen perfectamente al Padre.

  Pablo ilustra la seguridad de la salvación con "la cadena de oro": predestinar (elegir y destinar a un propósito: la glorificación), llamar (llamar a la fe por la Palabra y el Espíritu Santo), justificar (declarar justo), glorificar (santificar y liberarnos completamente dándonos un cuerpo libre del pecado y de la muerte).

  Esta "cadena de oro" nos dice por lo menos dos cosas:

a.   Dios cumple sus promesas hasta el final. Él no abandona a mitad de camino su propósito para con nosotros. Esto es de gran consolación para nosotros, ya que  el Señor concluirá lo que empezó.

b.   Pablo habla en pasado: predestinó, llamó, justificó, glorificó. Aunque estamos en el camino hacia la salvación final, para Dios todo ya pasó. Es tan seguro como Dios es fiel.

* La cadena de oro busca llevarnos a la adoración a Dios por su amor tan firme.

  Lo que Pablo dijo antes, lo repite en una `canción', la canción de la seguridad estable. Podemos decir: que la salvación es segura, porque está enraizada en el plan de Dios (en la cadena de oro) y porque fue manifestada claramente en Cristo Jesús. Si Dios nos dio lo mayor (su propio Hijo; hay en el v.32 una clara reminiscencia a Génesis 22,1ss), entonces nos dará también lo menor (su ayuda en dificultades, y al final ¡su reino!). Por lo tanto, nadie puede acusar ni condenar a los creyentes, ya que Cristo llevó nuestra culpa, cuyo sacrificio fue aceptado en su resurrección y ahora, estando en el lugar de honor, a la diestra del Padre. Ante Dios, Jesús resucitado será siempre nuestro abogado.

  Por eso, nada puede separarnos del amor de Dios. En Cristo estamos unidos al eterno amor de Dios. Tan segura es la vida de los creyentes, que es imposible que alguna vez caigan de las manos del Señor. Aunque nosotros mismos somos muy débiles, en Cristo somos más que vencedores. Las persecuciones nos dicen: somos perseguidos porque pertenecemos a Cristo. Pablo enumera siete dificultades: tribulación, angustia, persecución, peligro y espada (todos estos son dolores causados por hombres que son hostiles al evangelio), además: hambre y desnudez (estas se sufren al anunciar el evangelio). Los creyentes que, conforme al Salmo 44, están dispuestos a sufrir por la causa de Cristo, tienen la certeza que Él les cuida y protege siempre en medio de todos sus dolores.

  La conclusión de fe que Pablo hace, la enfatiza en las palabras: "Estoy seguro". Los sufrimientos no pueden separarnos de Aquel que mostró su inmenso amor sufriendo por nosotros primero. Él es más grande que cualquier altura o profundidad. En la cruz se hundió hasta la profundidad al ser abandonado por Dios.

* El sufrir por Cristo debe ser motivo de gozo. Dios nunca nos abandonará en circunstancias tan difíciles.

Síntesis aplicativa de temas importantes

1a. La vida controlada por el Espíritu Santo y su testimonio interno son pruebas irrefutables de que somos hijos de Dios. Pablo contrasta dos maneras de vivir: la dominada por la carne, (nuestros propios deseos) o la controlada por el Espíritu Santo. La primera termina con la muerte, la otra conduce a la vida eterna.

  Si somos guiados por el Espíritu, Él nos dará testimonio de que somos hijos de Dios. Nos faculta para clamar a Dios, con certeza y gozo, `Abba', `Papá'; y nos asegura salvación total a través de las promesas de Dios que son destinadas para nosotros.

1b. La obra del Espíritu Santo es muy amplia. Pablo menciona 4 aspectos:

a. Él permite que vivamos en los caminos de Dios.

b. Mata en nosotros los deseos de la carne.

c. Nos da confianza en la oración y certeza de que somos hijos de Dios.

d. Nos ayuda en la oración intercediendo por nosotros con gemidos inexpresables.        

2. La salvación ya llevada a cabo por Jesucristo, será cumplida en la gloria venidera.

Tanto la creación como los hijos de Dios disfrutarán la gloria eterna, la restauración del cielo y de la tierra y la redención del cuerpo.

3a. La predestinación no impide la predicación del evangelio, al contrario, la debe estimular. Mucha gente piensa que la predestinación es un bloqueo para la franca proclamación del evangelio. Pero, ¿qué sucedería si la respuesta a la proclamación dependiera del ser humano y no de Dios?

3b. El plan de la salvación es como una cadena de oro, fuerte e indisoluble. La salvación es desde el principio (la predestinación) hasta el fin (la glorificación) obra de Dios, y por ende cien por ciento segura. La última certeza es el amor de Dios quien entregó a su Hijo por nosotros. Nada es capaz de anular el amor de Cristo y separarnos de él.

Romanos 9

Introducción. A primera vista pareciera que los capítulos del 9 al 11 no guardan relación alguna con los capítulos del 1 al 8, pero es todo lo contrario: Pablo quiere mostrar que las promesas del Señor son firmes, aunque Israel todavía como pueblo no crea en Jesús. Esto es un asunto de suma importancia. Cuando sabemos que hay tan poca fe en Jesús dentro de Israel, de inmediato surge la pregunta: ¿no significa que Dios no es fiel al no cumplir sus promesas? Si es así, ¿no significa que Dios también puede ser infiel con respectos a sus promesas hacia nosotros? En otras palabras, ¿la salvación es tan segura como Pablo había dicho?

  Pablo habla en estos capítulos acerca de tres cosas:

La elección de Israel (cap. 9), la desobediencia de Israel (cap. 10) y el futuro de Israel (cap. 11). En este capítulo responde a 4 preguntas:

1. ¿Han fallado las promesas del Señor?

2. ¿No será Dios injusto al administrar su soberana elección?

3. Si Dios actúa en base de su elección, ¿por qué nos acusa?

4. Para concluir, ¿qué tenemos que decir entonces?

1. (9,1-33) Pablo está muy preocupado por su pueblo. Habla con gran seriedad, y mediante tres afirmaciones trata de convencer a sus lectores que lo que está diciendo, es la verdad (a. "Verdad digo en Cristo"; b. "no miento"; c. "mi conciencia me da testimonio en el Espíritu Santo"). Aunque el apóstol se da cuenta de que somos falibles, asegura que su espíritu (el de Pablo) es iluminado por Dios. Lo que quiere comunicar es su gran amor y preocupación por los hermanos de su propio pueblo de Israel. Él, si le fuera posible, estaría dispuesto a carecer de la comunión con Cristo, si Israel pudiera obtener esa comunión. Porque es el pueblo del pacto de Dios, colmado de privilegios:

-     Son Israelitas, distinguidos de los demás pueblos.

-     Tienen la adopción, son el propio pueblo de Dios, sus hijos.

-     Recibieron la manifestación de la gloria de Dios, por ejemplo en la nube.

-     Recibieron el pacto: la seguridad: "Yo soy tu Dios".

-     La promulgación de la ley, la mejor ley que existe.

-     El culto y las promesas: todos son tipos de Cristo.

-     Descienden de los patriarcas, a quienes Dios se les reveló.

-     Recibieron a Cristo mismo, es el centro de la revelación y la promesa del Señor. Por eso a Él sea la gloria, eternamente.

Es un hecho realmente triste, que el pueblo en general no ha respondido al llamado de su Mesías, Jesucristo. La primera pregunta ahora es: ¿Han fallado (lit. `caído') las promesas del Señor? Pablo refuta esta idea como si fuera la causa por la que Israel en su mayoría no aceptó a Jesús por la fe. Pero ellos han fallado, no el Señor. Él cumplió sus promesas, pero ¿cómo? No hay por qué sorprenderse, si la mayor parte de Israel no tiene fe en Cristo. Porque no todos los que se llaman israelitas, pertenecen a Israel. El verdadero Israel consiste en aquellos que muestran fe en Jesús. El Señor llegó con sus promesas a Abra­ham, pero también comenzó en este tiempo a manifestar su elección y reprobación. Podemos decir: todo el pueblo recibió las prome­sas del Señor, pero fueron cumplidas solamente a los elegidos.

  Pablo muestra esta elección con el ejemplo no sólo de Isaac, sino también de Jacob y Esaú. El primer ejemplo muestra que no todos los hijos de Abraham son hijos según la promesa del Señor. Ismael, por ejemplo, nació de Abraham; sin embargo, no era hijo de la promesa. El segundo ejemplo expone que también dentro del pueblo de la promesa (Isaac era el hijo de la promesa) no todos pertenecían a la siembra verdadera de Israel. Esta elección ha sido hecha antes del nacimiento de los dos hijos: Jacob y Esaú (v.11 "Pues no habían aún nacido") y fue una elección totalmente libre ("Ni habían hecho aún ni bien ni mal", para mostrar claramente el propósito de su elección: mostrar su gracia no merecida "No por obras sino por el que llama). Por lo tanto, en la elección resplandece la gracia soberana de Dios.

  La segunda cita, "A Jacob amé, mas a Esaú aborrecí", suena bastante chocante. Note que la combinación amar y aborrecer en la Biblia equivale muchas veces a dar preferencia a (comp. Lucas 14,26 con Mateo 10,37). Por otro lado no hay que olvidar que fue el mismo Esaú quien rechazó su bendición como primogénito.

  No obstante, de inmediato surge ahora la segunda pregunta: ¿Dios no es injusto en su preferencia del uno sobre el otro? "En ninguna manera". En su respuesta, Pablo destaca la soberanía de Dios. Su elección nació de pura misericordia y no por obras (v.16). Por otra parte, cuando Dios endureció el corazón del faraón lo hizo para mostrar su gloria. En este acto de Dios contra el faraón, Él manifestó su justa ira sobre el pecado. El libro de Éxodo nos muestra claramente que esto no era de ninguna manera arbitrariedad. En la reprobación, Dios responde al pecado del hombre (en este caso fue el faraón mismo que primero endureció su corazón).

  Tercera pregunta: Si es así, ¿por qué Dios nos acusa (v.19)? Si la elección depende solamente de Él, ¿cómo puede acusar a la persona que no le obedece? Pero eso significa resistir a la voluntad de Dios, como si Él no fuese libre en sus actitudes. ¿No se le permite a Dios ser Dios? Él, en su soberanía, puede actuar como Él quiere. ¿No tiene el alfarero el derecho de hacer con el barro lo él quiera? Dios tiene el derecho de hacer con sus criaturas caídas en el pecado lo que Él desee; ya sea mostrar misericordia o derramar su justa ira sobre ellas. En vez de criticar la forma de actuar de Dios le debemos honrar y glorificar por su soberanía y misericordia.

  En los versículos 22 y 23, Pablo subraya nuevamente que si Dios actúa, sea con misericordia o con ira, no hay por qué discutir en su contra. Dios de ninguna manera actuó mal al mostrar su ira a los vasos de ira, pues les trató con mucha paciencia. Implica que no sólo les concedió la oportunidad para volverse sino que ahora con mayor razón derramará sobre ellos su ira. Note la diferencia entre la forma en que Pablo se expresa relativo a los elegidos y a "los vasos de ira". En cuanto al primer grupo dice que Él los preparó de antemano, pero para los otros usa simplemente la palabra `preparados'. Con mucha razón J. Stott dice: "Seguro que Dios nunca `preparó' a alguien para destrucción; ¿no es a causa de su propia maldad que ellos se preparan para ella?" Por otra parte, contra el trasfondo oscuro de la ira de Dios contra sus enemigos, brillará aún más la riqueza de su gloria hacia sus elegidos. 

  En los versículos 24-29, Pablo aclara la doble acción de Dios (elegir y rechazar) con muchas citas de la Escritura. Pero antes (v.23), el apóstol nos dice que Dios, pese a la incredulidad de Israel, está llamando a un nuevo pueblo de judíos y gentiles. Citando palabras de Oseas "Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo", Pablo muestra que Dios también ha pensado en los gentiles. Son palabras que se refieren en primer lugar a Israel, pero a aquel Israel que está ahogado al nivel de los gentiles. Aunque esto se cumplió literalmente para Israel, no se agotó esta promesa, pues se encuentra un nuevo cumplimiento de ella en la conversión de tantos gentiles. Desde el profeta Isaías, Pablo muestra que Dios salvará sólo un resto de Israel. (Más adelante, Pablo va a explicar que Dios comenzará nuevamente con su pueblo, Israel). Es una descripción gráfica de la nueva iglesia de Cristo, que se compone relativamente de pocos judíos y muchos gentiles.

  Pablo termina con una cuarta pregunta hacia sí mismo: "¿Qué, pues, diremos?" Hace esta pregunta para analizar el por qué de la incredulidad de parte de Israel. Por un lado todo lo que Pablo ha mostrado de los pocos judíos y los muchos gentiles que han puesto su fe en Jesús, es fruto de la elección. Por otro lado, esto no excluye la responsabilidad de Israel. Ellos confiaban en su propia obra y no en la justicia que Dios ofreció en Jesucristo. No pueden alcanzar la justicia, porque quieren alcanzarla por sus propias obras, en vez de poner su confianza en Cristo. Por lo tanto, tropezaron en la piedra: Cristo. Mientras que los gentiles la alcanzaron por la fe. Ellos, sin hacer el mismo empeño de Israel en cuanto a la ley, alcanzaron la justicia. Eso es un motivo de enojo para Israel, que los gentiles sin esfuerzo recibieran la justicia. Pero, este es el estilo de Dios: Él es el Dios de gracia, que nos pide fe y no obras. ¡por ende, la fe en Jesús es decisiva! Las obras seguirán a la fe, como muestras de amor y agradecimiento.

* Meditemos en la gloria, la soberanía y la misericordia del Señor.

Síntesis aplicativa de temas importantes

1a. No podemos estar indiferentes ante un mundo que se pierde en el pecado. El apóstol Pablo experimentaba un continuo dolor por el pueblo israelita, pues sabía que su constante rechazo de Cristo, a pesar de los grandes privilegios que poseía, lo conduciría a la perdición eterna. En total conciencia de sus facultades está dispuesto a hacerse maldito, ser alejado eternamente de la presencia sublime de Dios (si le fuese posible) con tal ver a sus compatriotas entregados a la adoración de Dios por medio de Cristo. Todo esto debe hacernos meditar en lo siguiente: ¿Tenemos una real preocupación por las personas de nuestro alrededor? ¿Oramos a Dios pidiendo que Él abra los ojos de los hombres para que crean al evangelio? ¿Nos llega al alma la extensión del reino de Dios en el mundo, país o comuna? ¿Estamos involucrados en el evangelismo? Un creyente nunca debería estar indiferente ante un mundo que no cree en Jesucristo, el único Salvador.

1b. No todos los que pertenecen a la membresía de una iglesia son hijos de Dios. Esto puede parecer muy chocante para nosotros, pero más lo fue para los judíos cuando Pablo les dijo "que no todos los que descienden de Israel son israelitas". Mucha gente hace descansar su salvación sobre la base de su incorporación a la membresía de una iglesia; y aunque no manifiestan una vida consagrada a Dios, se conforman con esto (y así tranquilizan sus conciencias), diciendo que pertenecen a tal o cual iglesia. Pero los verdaderos creyentes sólo son los que están unidos a Dios a través de Jesús.

1c. La elección no se basa en ciertas virtudes nuestras, sino sólo en la misericordia de Dios. Por muy privilegiados que los judíos fueran, por muy serios que se pusieran en su intento por cumplir la ley de Dios, no podían llegar a la salvación. Para nosotros esto es una lección trascendental que nos llama a adorar a Dios por todo lo que hemos recibido. Además, no podemos jactarnos de pertenecer al pueblo de Dios como si tal privilegio fuese fruto de nuestra `soberana' decisión.

  Si comprendemos, como lo hace el apóstol Pablo, la elección como acto soberano de Dios, entonces debemos descartar toda posible acción nuestra que movió a Dios para aceptarnos entre sus hijos. Si Dios elige es por su misericordia, y no porque vio de antemano que creeríamos en Jesús (así, ya no sería elección). De esta manera queda testimoniado en la vida de Jacob y Esaú: Dios hizo su elección no en base a ciertos méritos vistos de ante mano. Nuevamente aclaramos, si aceptar a Cristo es obra que surge totalmente de nosotros, entonces no podemos hablar de elección pues ella pierde su significado. Por otro lado no cabe ninguna duda que la elección no excluye nuestra responsabilidad de responder a la demanda del evangelio. Aunque para nuestro razonamiento es difícil armonizar la elección de Dios con nuestra responsabilidad, sin embargo, la Biblia atestigua ambas.

1d. Dios es soberano en su elección, por tanto, no corresponde que la discutamos. Dios es justo tanto en su misericordia como en su ira. Para nosotros muchas veces es difícil aceptar que Dios sea justo, pues estamos acostumbrados a pensar en las cualidades humanas que Dios debería tener en cuenta. Si nos conocemos ante el Señor, comprenderemos que sólo merecemos la condenación: vivir eternamente alejados de la presencia de Dios. Si entendemos esto, la elección se transformaría, para nosotros, en un milagro del infinito amor de Dios.


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